El último día que pisamos la Tierra

La soledad no es un monstruo, no lo fue cuando los edificios comenzaron caer lentamente ni cuando la ciudad fue arrasada por completo. Todos creímos que nos arrancaría del otro para siempre, pero es inexplicable como la conexión se encuentra incluso en la lejanía. Por las expectativas de algunos científicos supusimos que la humanidad desaparecida junto con la Tierra, no quedarían rastros en el Universo de que un día existimos. Quizás estas palabras no son suficientes para explicarlo todo y por supuesto hay un esfuerzo por intentarlo. Estábamos en medio de cuatro paredes que constituían un perfecto lugar propio en el tercer piso, si te asomabas por la ventana podías ver al gato rondando las flores, un vendedor de drogas esperando en su carro o los llamativos uniformes de las colegialas, pero ese día sólo hubo un silencio exterminador. Está de más decir que no hubo programas de televisión y que la radio solo emitía conciertos que iban desde Elvis hasta Winehouse. Mientras nos íbamos desvistiendo, él arrojaba la ropa a un lado de forma casi ordenada, no radicaba el olor al café sobre las sabanas como se podría pensar de dos misántropos, ni la presencia de promesas forzadas, tampoco existía un lazo como para quedarnos a un lado, ninguna intensión de mantener la cabeza en el corazón del otro, pero era toda la mezcla de besos, caricias, saliva, mordidas y palabras que existen entre dos personas a las que les mueve el deseo mutuo lo que nos mantenía juntos. Mientras mis manos sujetaban la cabecera de la cama y mi cuerpo sufría las replicas de un último orgasmo, las calles se llenaban de sangre, los gritos de horror se podían escuchar al unísono, los perros aullaban y mi cuerpo de nuevo caía sobre el suyo, agotado. Primero vi los libros derrumbarse, los muebles que salían volando y me aferré a sus ojos como una esperanza. Cuando creí que estaba muriendo sentí mucho dolor atrapado en mi pecho, me envolvió una esfera trasparente que se llevó mi cuerpo lejos de su cama y que no miraba. Allí experimenté la sensación de soltura y libertad absoluta, el verdadero sentido de no tener nada que perder y me di cuenta que mi miedo no tenía que ver con la muerte. Lo cierto es que ahora conocía la belleza de ser parte de un abismo y una ruptura entre espacio y tiempo. Siento que estoy a punto de llegar a un lugar, puedo ver como aterrizo, un escalofrío, abro los ojos, veo su silueta en medio del campo y quiero correr a su lado, pero las cadenas que envuelven mis pies no me lo permiten y me doy cuenta, ahora somos un par de esclavos en un planeta donde el cielo es color rojo.

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