Una ridícula historia de amor en Navidad

Descubrí que un café se podía enfriar tan rápido como mis esperanzas. Solo tenía una enorme caja de chocolates para decirle que era la mujer de mi vida. Ya estábamos separados, pero era mi mejor amiga y además no tenía que terminar todo de un tirón. Siempre he sido de lento aprendizaje. La barista no pasaba de los treinta años y junto con las meseras me miraban con una cara de entre lástima, sueño y presión. Así que me adelante a pedir en lo que esperaba, el lugar estaba lleno, me había puesto hasta una corbata por primera vez, no paraba de mover las piernas y voltear hacia la entrada cada vez que escuchaba unos tacones por mera costumbre. Pero no ocurría algo, así que me puse a ver las noticias de Facebook e Instragram, lo mismo de siempre. Ya escuchaba las voces de mis amigos sugiriendo esas aplicaciones tontas para conocer gente o una lista de posibles candidatas operadas.

Decirme que ella era una pesada, que si también tenía problemas de la vista, que fulanita me mandaba saludos, bla, bla, pero lo que menos necesitaba era sustituir un cuerpo con otro. El menú era extenso con diferentes tipos de cafés y precios, algo que me resulta complicado y también su preparación. Una mujer hablaba en otro idioma, pero podía entender perfectamente que estaba enojada con su marido, le daba codazos y después él se paró y se dirigió hacia mi y me dijo que a él no le molestaba, pero que por favor dejará de acosar a su mujer. Así que me volteé todo apenado.

En la mesa de junto escuché como una señora hablaba sobre las últimas cremas para los ojos, me parecía muy atractiva, pero afirmaba que justo la tercera línea de cinco que tenía debajo del lunar del párpado se empezaba a notar demasiado. Su hija solo sonrió como lo hace alguien que está cansada de escuchar lo mismo de siempre. Hubiera preferido no mirar a la otra mesa, ella lloraba, yo creo que esa historia ya estaba terminada. Solo alcancé a escuchar que él había vuelto con la otra, pero que ellos podían seguir viéndose. Ella le pidió que se fuera.

Frente a mi, otra pareja se besaba apasionadamente mientras un flash cegaba a todo el que los rodeaba. Selfie time. Y allí estaba yo con mi cara de pendejo viendo que pastel pedir. Mi mamá me lo diría: ya te había dicho mijito, esa vieja está bien piratona. Para las mamás todas lo están era mi respuesta ya preparada.

Allí entendí lo que era el amor en una sociedad líquida, donde la lealtad es una espuma que tarde o temprano se pierde como la buena cerveza en vísperas de artesanal. El sexo sin amor es riquísimo, me había dicho Martha mientras se fumaba  un cigarro afuera de un bar el año pasado, después la vi irse con el mismo novio de la secundaria. Come on.

En eso que veo levantarse a la llorona, se sacude el pelo y rompe una carta que había escrito, me volteó a ver y me cerró el ojo.
Después la pareja que se besaba ya no tenias los celulares en las manos sino otras partes de su cuerpo agarradas y la hija se tomaba selfies con una madre segura de que había sido y era hermosa.

La mujer que hablaba otro idioma seguía dando codazos a su marido, pero ahora porque le murmuraba cosas en el oido.
Ya con el corazón casi roto, me di cuenta que Miriam no llegaría y así pasaron dos minutos cuando sonó mi canción favorita.

Le dije: Miriam en un principio esta caja era para ti, pero no hablaste. Te había guardado el único chocolate que no me comí para compartirlo contigo, pero una niña me lo pidió y se lo regalé, supongo que cada quien necesita uno entero. Me da gusto que pudieras conectarte aunque sea un rato, solo espero que la videollamada no se apagué. Me he rodeado de treinta personas y creo he tenido la mejor cita solo, aunque no del todo, este café me sabe amargo porque entre todas estas personas ninguna ha sido lo suficientemente dulce como el día en qué me pasaste la sal porque la habías confundido con la azucarera. Creo que no me estoy explicando bien...

Y en eso se cortó la llamada.
Alguien me tocó la espalda, era ella, me explicó que había tomado un vuelo para pasar la navidad conmigo, pero que tenía miedo. Por eso había llegado mucho antes para observarme desde lejos. Los mayores problemas se resuelven así y tú no eres el problema, pero si esta sociedad que nos hace menos humanos con cada foto y me gusta. Podríamos pedir este café para llevar de por vida y sentarnos en una de esas sillas orgánicas, destilar estilo y perder el tiempo con alguna de nuestras tontas peleas .

Allí entendi que en un café los mayores complejos salen a relucir, que la última lágrima que derrama una mujer puede ser la misma fuerza que la saque adelante, que el último eslabón del hombre en su evolución es la humanidad y que el amor entre las personas puede ser el único me encanta que deberíamos tener en nuestras vidas.














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