Confieso

Yo confieso,
en verdad confieso,
que el alarido del suicido me ha envuelto en llanto.
Cada vez que escribo me desgarro,
tengo miedo de que el desgarro sea completo,
imprudente y que no me deje alternativa más que el vació total,
más que la muerte desconsiderada y el fastidio de las horas y la gente,
la gente que construye mi sepulcro en la palabra,
de sus bocas, esas bocas de Judas que me enredan con espinas y derraman su sangre,
sobre mi boca,
esa boca que flota en el limbo de sus manos.

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